La escala musical, tal y como la conocemos "a pie de calle" es un invento relativamente reciente para facilitarnos la vida. Vamos a explicar un poco el por qué.
Para hallar la frecuencia de una nota cualquiera mediante una expresión matemática, se suele coger una frecuencia de referencia, por ejemplo el LA de afinar (440 Hertzios) y se multiplica por la raiz duodécima de 2 elevado al número de semitonos que separa el la de afinar de la nota que estamos buscando.
Por ejemplo, si buscamos el Do de la cuarta octava, está separado 3 semitonos por encima del La. Su frecuencia la podemos calcular multiplicando 440 por la raiz duodécima de 2 elevado a 3. Si buscásemos el Fa de la tercera octava, está cuatro semitonos por debajo del La. Los semitonos hacia abajo los consideraremos negativos. Así pues, su frecuencia se obtiene multiplicando 440 por la raiz duodécima de 2 elevado a -4.
Hasta aquí, todo más o menos correcto. El problema viene cuando hallamos las frecuencias de cada una de las notas de una escala. Veremos que, por ejemplo el SOL sostenido y al LA bemol... no son iguales!!! Y sin embargo en el piano son la misma tecla.
Esto se debe a que, por convención, para facilitarnos la vida se ha dividido la escala natural en 12 partes iguales. Estas 12 partes corresponden a la escala que conocemos en el piano. Es lo que llamamos la afinación temperada del piano.
¿Qué es lo malo que tiene esta afinación? Que los intervalos musicales del piano no son matemáticamente exactos. Lo que debería ser una quinta justa, realmente no lo es. Esto dificulta extraordinariamente la labor del afinador de pianos, ya que debe introducir un pequeño error al afinar cada nota.
¿A qué viene todo esto? Hace poco ha ido a casa de mis padres un terrorista disfrazado de afinador de pianos. Después de que visitara el domicilio parterno 3 ó 4 veces para ajustar la afinación del piano, fui a probar el piano. Me dieron ganas de colgarlo de los pulgares. Bueno, realmente no lo hice porque el ser en cuestión debe superar los 75 años.
Total... que voy a afinar el piano. Ya lo he hecho en un par de ocasiones y quedó medianamente bien.
Desde hace algún tiempo me sorprendo de las campañas publicitarias cosméticas. La descripción de los componentes que constituyen las cremas, bálsamos, y todo tipo de friegas creo que en la mayoría de los casos son un engañabobos.
Tratan de confundir al futuro cliente con terminología que, con una base científica cierta, aturde con palabros y vocablos que en la mayoría de los casos no sirven para nada.
Os paso unos cuantos que he ido apuntando:
Todas las mañana tomo mi café con porra en el mismo sitio. El mismo café, la misma porra, el mismo lugar.
Lo que no consigo jamás es que me cobren lo mismo.
Hace tiempo preguntaba/protestaba. Ahora me dedico a pagar religiosamente y a hacer mis estadísticas. El precio oscila 30 céntimos arriba/abajo siempre.
Hay camareros que tienden a cobrar lo mismo. Otros cobran importes aleatorios. Otros me preguntan lo que hay que cobrar.
El verdadero caos ha acontecido con una subida de precios aplicable en el 2008. Unos me siguen cobrando lo mismo (con sus variaciones, claro); otros intentan aplicar la nueva tarifa (basada también en sus oscilaciones).
He observado que los precios tienden a normalizarse pasadas las 7:45 de la mañana. Es quizá debido a que hay más gente, y el precio, ante la duda, se sitúa al alza.
Los precios más bajos se obtienen a eso de las 7:10-7:15 de la mañana.
Si alguien está interesado, puedo enviarle una hoja Excel con las estadíasticas.
La ilusión es el motor de la vida, en todos sus aspectos. En el laboral, en el personal...
Hace unos días estábamos pensando de nuevo ir a Eurodisney. Para un adulto, ir a Eurodisney por tercera vez puede parecer algo repetitivo y tedioso (reservas, vuelos, niños, los gastos, inconvenientes...). Con ver la cara de Isabel al nombrar el viaje merece la pena todo el esfuerzo.
Y haciendo recuento de mis ilusiones, de mis motores, se me ocurren unos cuantos:
Ivo Pogorelich (Belgrado, 1958) irrumpió en la escena internacional a principios de los 80. Tenía 22 años cuando el jurado del Concurso Chopin decidió no darle el primer premio. Fue lo mejor que le pudo pasar porque Martha Argerich, miembro del jurado en aquella ocasión, oponiéndose a sus compañeros comentó la injusticia realizada. "Es un genio", sentenció Argerich. Ese amadrinamiento propició el impulso que Pogorelich necesitaba para que los escenarios le abrieran las puertas y le permitieran demostrar lo mucho que llevaba dentro.
Tuve el placer de escucharlo en la década de los ochenta. Recuerdo vagamente que el programa estaba compuesto por sonatas de Beethoven y alguna cosa más. Su figura me dejó impactado. Misterioso, solitario, destilando calidad.
A los grandes genios no hace falta escucharlos para saber que lo son. Su sola actitud frente a la música, ante el instrumento o ante un concierto les delata. Y a mí me enamoró antes de empezar a tocar. Recuerdo, antes de oir golpear la primera tecla del concierto, que pensé "este hombre es un genio".
Pogorelich es pianista de intermitencias. Es un genio que aparece y se desvanece sin avisar dejando en el aire una vibración estremecida, una sorpresa siempre distinta y a veces un misterio distante.
Ahora reaparece, tras nueve años, en el ciclo Grandes Intérpretes. Los buenos seguidores están de enhorabuena.
El viernes pasado tuve el placer de asistir a la conferencia ofrecida por Víctor Küppers dedicada a la Gestión del entusiasmo.
Muchas de las observaciones que realizó eran obvias, pero enumeradas unas junto a otras, constituyeron un compendio de actitud empresarial francamente interesante.
Uno de los aspectos que se tocaron fue el del valor de la empresa. ¿Qué es lo que hace que una empresa sea escogida en vez de otra?
Orientar nuestra línea de actuaciones a una simple competencia de precios es una política nefasta. Tendríamos clientes "chusqueros" como dice Víctor. Clientes que saltan de una empresa a otra, sin valorar otra cosa que no sea el aspecto económico.
Parte del valor de la empresa es el "valor humano". Nuestra atención, nuestra dedicación, nuestro conocimiento...
Se lo recordaré el lunes al imbécil que quedó en servirme 5 cajas de papel el viernes (las necesitaba como fuera para este fin de semana) y no tuvo ni la delicadeza ni la honestidad de avisarme de que no las iba a servir.
El viernes estuve tocando con mis hermanos en el Palacio de Gaviria.
Cuartetos de Mozart a mansalva...
Tocar con mis hermanos es una mezcla de placer y diversión. Todos sabemos lo que pensamos, todos sabemos lo que ocurre, todos sabemos lo que va a ocurrir...
Es algo difícil de describir. Son ya muchos años tocando y muchos años tocando junto a ellos.
Alguna vez me hubiera gustado conocer el número de interpretaciones que tenemos encima. ¿cientos? ¿miles? También me hubiera gustado conservar los programas de las mismas. Lamentáblemente sólo conservo una ínfima parte.
Buscando por internet me he llevado la sorpresa de encontrar un maravilloso software de edición de partituras. Se trata de LilyPond. Un software que, a diferencia de lso programa de escritura musical que todos conocemos (Encore, Finale, Sibelius...) hace mucho hincapié en la calidad de la música impresa.
Cuando abordamos una partitura, no sabemos muy bien por qué, unas se nos presentan como tremendamente atractivas para interpretar, y otras no. La razón estriba en lacalidad de la edición de la partitura. Hay miles de ínfimos detalles que nos llevan a percibir esta sensación: la distancia entre las notas, la distancia de las alteraciones a la nota, la anchura de los compases, la distancia entre pentagramas...
Parece algo obvio pero no lo es. Conseguir partituras estéticamente correctas es un problema informático complejo. Algo similar ocurre con la literatura impresa. La diferencia entre un documento Word y un documento correctamente maquetadl es abismal. El primero nos producirá sin duda cierto rechazo a la lectura. El segundo nos atraerá ineludiblemente.
Como editor de textos excelente contamos con TeX. De hecho, es muy posible que el motor de LilyPond esté basado en TeX (hace tiempo que descubrí que TeX también edita partituras). Los parecidos son notables. Ambos son programas que realmente compilan ficheros ascii con comandos y etiquetas. Ambos están escritos en C. Ambos son originarios para Linux, ambos son en principio arduos...
La descripción que realizan los autores del programa en su web denota claramente el buen gusto con el que han acometido el proyecto, así como sus intenciones. Merece leerla.
Como problema, si es que lo es, nos encontramos ante un soft que no interpreta (en principio, aunque hay numerosos añadidos de terceros), que no lee MIDI, que casi no tiene opciones de impor/exportación. Eso sí, la partitura escrita enamora...
Me he enterado hace poco de la excelente iniciativa de Deutsche Grammophon: han creado una tienda on line en la que se peuden comprar todo tipo de soportes musicales. Esto incluye también MP3s. Se pueden encontrar en www.dgwebshop.com
Para intentar paliar la perdida de calidad, los MP3s se encuentran a 320 kilobits por segundo. Se pueden hallar casi 2.400 álbumes.
Entre lo más destacable de esta tienda en la red figuran curiosidades como que casi 600 álbumes, que ya no se encuentran en CD en el mercado, se han convertido a formato MP3 para su descarga en la tienda, y más adelante se irán añadiendo otros.
La llegada de Internet Explorer nos ha quebrado la cabeza a muchos diseñadores web. Los margins, paddings, los floats, las transparencias PNG... muchas cosas que funcionan perfectamente en cualquier navegador decente, dejan de verse bien en el navegador de serie.
Acabo de descubrir la existencia de un hack, en fase beta, para paliar todos estos problemas. Se trata de IE7-js. Se trata de una librería javascript que trata de arreglar (con reservas) todos estos problemas.
No soy muy amigo de los hacks, pero reconozco que en algún momento de desesperación peude ser muy útil.